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NUESTRA HISTORIA

Boca Ciega nace de un lugar muy doloroso. De la necesidad de añadirle color a una vida que se sentía oscura. Del deseo de ser sin explicación.

En 2014, mi papá, Gonzalo Durán Pino, falleció en Nueva Orleans, Louisiana. Era algo que no se esperaba, pero ocurrió. Papi era mi alma gemela. No tenía que explicarle nada. Él ya lo sabía todo. En ese momento, la vida perdió su encanto. Su luz. Su emoción.

Para calmar mi mente y aliviar mi tristeza, comencé a diseñar prendas. Lo único que me daba paz era crear.

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Papi era cubano. Salió solito a los 13 años con los Pedro Pan. Aunque era de La Habana, siempre hablaba de Boca Ciega, la playa de Varadero donde pasaba sus veranos y fines de semana. Ese era su lugar soñado. Su remanso de paz. Yo siempre la imagino como una playa mágica. Sin saber que iba a morir, le pregunté unos meses antes cuándo, finalmente, íbamos a ir a Cuba. Me contestó: "prefiero quedarme con la memoria de lo que fue." Nunca olvidaré esas palabras. Para mí son filosofía de vida. Boca Ciega es una dedicatoria a ese sentimiento.

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En mi casa siempre estuvo presente la moda. Mi mamá y mi abuela Carmen se la pasaban diseñando faldas, trajes, disfraces y discutiendo cuál era la mejor manera de confeccionar los patrones. Pasamos muchos fines de semana en tiendas de telas de Río Piedras y Bayamón. Eran horas largas, de búsqueda y descubrimiento, pero me encantaba acompañarlas. Nunca aprendí a coser, pero sí absorbí mucha información.

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Por amor me mudé a Los Ángeles, California, en el 2015. No estaba en mis planes hacer mi vida tan lejos de mi isla, Puerto Rico, ¿pero qué es la vida sino una cajita de sorpresas? Para ese entonces ya llevaba diez años viviendo en los Estados Unidos y esta sería la quinta ciudad donde me tocaría comenzar desde cero. Con mucho deseo de encontrar propósito, decidí que era el momento perfecto para finalmente comenzar algo muy mío.

Hasta ese momento había dedicado mi carrera a crecer dentro de la industria de la moda. Hice internados, fui vendedora, gerente, asistente y directora. Tuve excelentes experiencias y mentores en Neiman Marcus, Michael Kors, BCBG Max Azria, J.Crew y OUI Boutique. Sin embargo, no me enamoré del diseño hasta que comencé a aprender sobre el trabajo artesanal y la herencia ancestral.

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Visité Bogotá por primera vez en 2012. Tengo que admitir que, hasta ese momento, no tenía conocimiento de que Colombia contaba con una industria de la moda tan desarrollada. En mi ignorancia pensaba que las buenas marcas solo salían de Europa y de los Estados Unidos.

Durante ese viaje visité el Museo del Oro y fue allí que conocí y entendí el concepto de herencia ancestral. Tenía completo sentido que un país con tanto arte de orfebrería estuviera tan adelantado en comparación con otros países de Latinoamérica. Ellos llevan ese talento, esas destrezas, en el ADN.

Ahí me enamoré del proceso de búsqueda. De encontrar arte en lugares inesperados. De entender que todas las culturas, todas las personas, todos los colores crean arte. Que no todo lo que tiene nombre es mejor.

Esos han sido mis capítulos: vidas vividas, personas perdidas, lugares explorados, culturas conocidas. Cada uno me enseñó lo mismo — la importancia de cuestionar, de viajar, de explorar, de preguntar.

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En el 2015 comenzó Boca Ciega en la sala de mi apartamento y sin muchos planes. Me enfoqué y dediqué exclusivamente a destacar diseñadoras latinoamericanas de Puerto Rico, Colombia y México. Dedicaba casi todo mi tiempo a la búsqueda. El negocio gustó y creció, pero la vida volvió a tomar su propio rumbo. Seguía en Los Ángeles, así que comencé a explorar proyectos como productora y estilista de moda. Estos fueron años de muchos, muchísimos, sacrificios y mayores enseñanzas. Viví proyectos grandes y otros muy pequeñitos, pero todos fueron contribuyendo a la versión de Boca Ciega que existe hoy.

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Entonces, luego de muchos años e intentos, llega al mundo Mar Emilia, mi hija, mi mayor bendición, en el 2024. Recomencé Boca Ciega a sus 4 meses y ha sido una total aventura. Ser mamá y crecer una tienda no es tema sencillo, pero se va logrando con paciencia.

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Hoy estamos aquí y qué agradecida me siento de que estén leyendo este escrito. Llevo 22 años lejos de mi casa, Puerto Rico, y con el tiempo he aprendido a quedarme con lo que vale la pena guardar: lo que tiene historia. Lo que alguien hizo con sus manos y con intención. Lo que se encontró en un lugar inesperado. Sí creo que toca celebrar lo que llegó antes que nosotros. Para mí es ahí donde está el valor de cualquier pieza que llevamos.

Boca Ciega es y será una colección de objetos de diferentes partes del mundo. Deseo, más que nada, que sientan felicidad al formar parte de este espacio. Que se enamoren de estos objetos de la misma manera que me enamoré yo. Aquí todo tiene un cuento y una razón de ser. Boca Ciega es un espacio donde cualquiera es bienvenido. Una casa que invita a la colaboración y el crecimiento en conjunto. Es un lugar para descubrir algo nuevo y conectar con el pasado.

Con mucho amor,

Gabriela Durán Muñoz